lunes, 27 de octubre de 2014

TODO PASA


EL CAMINO DE LA SABIDURÍA - Meditación y simplicidad

Enrique Martínez Lozano

A medida que crecemos –de hecho, si no me equivoco, es un signo de crecimiento espiritual-, vamos aprendiendo la sabiduría de la simplicidad. Todo es más simple de lo que pensábamos.

Descubrimos, por fin, que la mente tiende a complicar todo. Y lo hace, porque pretende que la realidad entre dentro de sus reducidos esquemas. Lo cual provoca una constricción reductora que solo genera confusión y sufrimiento.

Porque, cuando eso ocurre, en lugar de alinearnos con la Vida, permitiendo que fluya, intentamos controlarla, para que se ajuste a los patrones que nuestra mente ha hecho de las cosas, a sus etiquetas de lo que “debería” o “no debería” ser.

El resultado solo puede ser uno: en lugar de fluir con la Vida, conducidos por su Sabiduría, la bloqueamos. Porque, cuando la mente se absolutiza y se erige en criterio último de funcionamiento, en realidad se convierte en un “tapón” que impide el flujo.

En el reciente Foro de espiritualidad de Zaragoza, Marta Schröder utilizó una imagen que me parece acertadísima. Según ella, la mente es como una fábrica de churros, y opera de un modo similar al de cualquier otro órgano. Así como los pulmones funcionan día y noche, cuando somos conscientes de ello y cuando no, la mente también genera pensamientos sin cesar. Cuando el “gerente” de esa “fábrica de churros” se halla presente, la fábrica produce los churros que al gerente le interesan (esa es la “mente funcional”, a nuestro servicio); pero, cuando el gerente se ausenta, la fábrica sigue igualmente produciendo más churros, ahora de acuerdo con las máquinas con que cuenta. Tales “máquinas” son las creencias grabadas en nuestro cerebro desde el inicio de nuestra historia personal. Según como sean, la fábrica producirá churros de diverso tipo: de celos, de envidia, de ira, de resentimiento, de timidez, de miedo, de angustia… Es inevitable. Pero, aun con todo, el problema no radica en que la mente produzca churros por su cuenta y sin parar, sino en el hecho de que “nos los comemos todos”, es decir, nos creemos todos esos pensamientos y funcionamos de acuerdo con ellos. Esta es la “mente pensante”, convertida en dueña de nuestra existencia. De ese modo, el mejor de los siervos se ha transformado en el peor de los amos.

A todo ello hay que añadir una dramática ironía: la mente ansía controlar todo; la realidad, sin embargo, es que eso es solo una ficción que ella misma alimenta. La mente no controla absolutamente nada; si realmente controlara, tal como ella se imagina, ¿no haría tiempo que habríamos modificado muchas cosas? En resumen: vive en un engaño constante y nocivo.

Paralelamente, al ego le encanta el drama. Es lógico: el ego no es otra cosa que la “personalización” de la mente. La mente absolutizada (la llamada “mente pensante”) crea la ficción del ego.

Al ego le encanta el drama, porque vive gracias ello. Mientras alimenta cualquier tipo de cavilación, el ego adquiere y alimenta una cierta sensación de existir, en la que se enroca, y a la que no está dispuesto a renunciar. Al contrario, dispone de una batería enorme de mecanismos para crear, sostener, alimentar y prolongar indefinidamente el drama…, sin ser consciente de que él es su único autor, y que eso solo genera sufrimiento inútil y estéril.

Cavilación, dramatización, justificación, culpabilización, victimismo, comparación, juicio, condena, descalificación, enfrentamiento, afán de superioridad, necesidad de tener razón… Todos ellos, mecanismos que hacen que el ego se sienta existente y poderoso; la trampa mortal que nos acecha constantemente.

En esa dinámica, puede llegar a extremos tan absurdos como pensar que “tener razón” es más importante que “ser feliz”; o que “agradar a los demás” es mejor que “ser fiel a sí mismo”.

La atracción del ego por el drama explica, entre otras cosas, el éxito de los programas llamados “del corazón”, los “reality shows” y cosas similares. Todos ellos ponen en evidencia los egos de quienes los realizan… y de quienes los ven.

¿Es posible salir de ese engaño? Con frecuencia, parece que la salida de todo ello requiere experimentar el sufrimiento, que suele venir de la mano del desengaño.

En ese caso, bienvenido des-engaño, que nos saca de la mentira en que estábamos instalados. Si estamos un poco atentos, podrá constituir una hermosa oportunidad para salir de aquella ilusión y, si hay suerte, rendirnos a la sabiduría de lo que es.

A partir de ahí, se nos va regalando descubrir que existe una Sabiduría que es más que el pensamiento, el razonamiento, los conceptos, las ideas y las creencias… Empieza a emerger en nosotros la sabiduría del no-pensamiento, como lugar de luz y de descanso, de gozo y de paz, de unidad y compasión.

Un lugar al que, ciertamente, no podemos llegar pensando, sino justamente al trascender el pensamiento. Ese lugar es sabiduría y descanso porque constituye nada menos que nuestra verdadera identidad. Ese “lugar” es un estado de consciencia, en el que, finalmente, reconocemos nuestro verdadero rostro: es nuestro hogar, en el que nos hallamos no-separados de nada.

No lo podemos pensar ni controlar; únicamente podemos saborearlo. Y es ese mismo saboreo el que florece en sabiduría: la sabiduría de reconocer nuestra verdadera identidad y de vivir en conexión con ella. Dejamos de seguir las pautas y exigencias del ego –egocentradas y descalificadoras, etiquetadoras y dualistas-, para consentir a lo que es, desde la más dulce desapropiación.

Y, ¿qué tiene que ver con todo ello la práctica de la meditación? Me parece que puede apreciarse desde una doble perspectiva.

Por un parte, la práctica de la meditación, al ejercitarnos en acallar la mente, nos hace más libres frente a sus demandas; favorece que dejemos de identificarnos con el ego (o yo) que la propia mente había creado; y posibilita que experimentemos nuestra verdadera identidad y vivamos en conexión con ella.

Por otra, la propia práctica de la meditación se irá haciendo cada vez más sencilla, más simple, más descansada y sabia. Poco a poco, iremos percibiendo lo que siempre han enseñado los maestros espirituales: meditar es estar, permanecer, descansar en el no-pensamiento, vivir en lo que es, contemplar sin objeto…

¿Dónde estamos, permanecemos, descansamos, vivimos…? En la Atención desnuda, es decir, en la Consciencia que somos, que se muestra como Sabiduría y Compasión.

Cuando sabemos “estar” ahí, todo lo demás –como dijera el sabio maestro Jesús- “se nos dará por añadidura”. Porque eso que somos es Plenitud y se halla siempre a salvo. Seguirán ocurriendo sucesos de todo tipo y color, se turnarán las “nubes” con los “claros”, y los días felices con los tormentosos…, pero nada de eso afecta negativamente a quienes realmente somos. Podemos estar siempre “en casa”, en ese “hogar” que constituye nuestra verdadera identidad, y donde no estamos separados de nada.

Ahí, ya no es la mente la dueña de casa, sino una servidora eficaz al servicio de la Sabiduría. Ahí, tampoco es el ego quien dicta sus leyes ni guía el comportamiento. Ha emergido una identidad desapropiada y unificadora, la Consciencia que todos somos, que nos hace percibirnos como células de un único organismo, el único “Yo Soy” en el que se han reconocido Jesús y todos los sabios que nos han precedido.

Esta entrada fue publicada en Materiales el 22-diciembre-2013 por Enrique Martínez Lozano.

martes, 7 de octubre de 2014

¿El último Dalai Lama?

             Su Santidad el Dalai Lama ha sugerido que podría renunciar a renacer como tal y, por lo tanto, a sucederse a sí mismo en su próxima reencarnación. Ya no habría más Dalai Lamas, y quedaría derogada una institución que ha regido al budismo tibetano desde hace 450 años. Es como si el papa no solo dimitiera, sino que además derogara el papado. ¿Sería grave para los católicos quedarse sin papa ni papado? ¿Sería grave para los budistas tibetanos quedarse sin Dalai Lama? No, no sería grave. Y algún día será.
Permítaseme un breve rodeo para recordar la creencia budista del renacimiento, por conocida que sea: cuando morimos volvemos a nacer en un cuerpo distinto, pero siempre sufriente, y así una y otra vez, hasta que lleguemos a disolver todo apego a nuestro ego. Renacer es sufrir. Despertar o ser Buda y disolverse en el Puro Ser o en el Nirvana o en la plenitud del Vacío es la máxima aspiración de un budista. Bien, pero en la corriente mayoritaria del budismo (mahayana), y también en el budismo tibetano, hay seres humanos que, habiendo llegado a ser Buda y pudiendo por tanto liberarse del renacimiento, optan por renacer en un cuerpo sufriente, y ello por pura compasión, para seguir ayudando a liberarse a todos los seres vivientes, sufrientes. Y así cada vez que mueren hasta que todos los seres dejen de sufrir, o dejen de renacer y lleguen a SER. A tales Budas que renacen por compasión se les llama bodhisattvas.
Pues bien, el Dalai Lama, nombre que significa “océano de la sabiduría”, es uno de ellos. El actual sería la decimocuarta reencarnación del Gran Lama tibetano Gedun Drup muerto en 1474, venerado a su vez como encarnación de Chenrezig, el buda divinizado de la compasión, el gran Bodhisattva. Cuando muera, sus mejores discípulos, a través de visiones y de complejas verificaciones, deberían identificar al niño en el que se ha reencarnado, y designarlo como nuevo Dalai Lama.
¿Pero qué pasa si el Dalai Lama decide en vida que no va a reencarnarse con ese papel? ¿Significaría que prefiere instalarse para siempre en su feliz condición de buda celeste, renunciando a la compasión? De ningún modo. Sería más bien una prueba más de su sabiduría espiritual, que sabe distinguir en su tradición budista lo que es esencial – eldesapego radical del ego y la compasión universal para con todos los seres– de lo que son creencias o prácticas de gobierno trasnochadas, propias de culturas del pasado. Y, por cierto, sería una buena lección para el Vaticano y su arcaico papado medieval, con su poder absoluto e infalible, vuelto ya insostenible, y más con el evangelio en la mano.
Sería también un acto de resistencia no violenta frente al régimen chino ocupante del Tíbet. Ya en el año 2011 el Dalai Lama renunció a su poder político y asignó al pueblo tibetano la responsabilidad de su destino, cosa que molestó sobremanera a China; ahora parece que se dispone a devolver a la comunidad budista el poder religioso, para que sea ella quien elija a sus representantes espirituales, y también esto disgustará a China, que aspira a controlar igualmente el poder religioso del Tíbet.
Si el Dalai Lama derogara esa vieja institución, los budistas ganarían. En cuanto a los que no somos budistas, no nos importa que se “reencarne” o no, o en qué cuerpo lo haga. Nos importa lo que nos enseña hoy: el camino de la transformación de la mente, el camino de la paz, el camino de la liberación profunda; nos enseña que podemos ser personas mejores y más felices, y que para ello debemos pensar de otra manera y desarrollar un nuevo mundo interior; nos enseña que la fuerza y la violencia no son el camino de la auténtica victoria, que solo el diálogo y la tolerancia, el cuidado, la responsabilidad y el perdón nos permitirán ser felices, salvar la humanidad, salvar el planeta; nos enseña que la religión verdadera es aquella que nos lleva a ser mejores, pero que, para ser mejores, no necesitamos ninguna religión, sino fe en la bondad. Y lo que enseña lo vive y lo encarna hoy, y hoy es siempre. ¡Gracias, Santidad!
¡Ojalá nazcan muchos que vivan y enseñen como él, sean o no reencarnación suya y se llamen o no como él! Al fin y al cabo, ¿acaso no somos Uno todos los seres?

Joxe Arregi

ACEPTACIÓN - Eckhart Tolle



El «sí a lo que es» revela una dimensión de profundidad en ti que no depende ni de las condiciones externas ni de la condición interna de los pensamientos y emociones en constante fluctuación.

La rendición se vuelve mucho más fácil cuando te das cuenta de la naturaleza efímera de todas las experiencias, y de que el mundo no puede darte nada de valor duradero. 

Entonces sigues conociendo gente, sigues teniendo experiencias y participando en actividades, pero sin los deseos y miedos del ego. Es decir, ya no exiges que una situación, persona, lugar o suceso te satisfaga o te haga feliz. Dejas ser a su naturaleza pasajera e imperfecta.

Y el milagro es que, cuando dejas de exigirle lo imposible, cada situación, persona, lugar o suceso se vuelve no solo satisfactorio, sino también más armonioso, más pacífico.

Cuando aceptas este momento completamente, cuando ya no discutes con lo que es, el pensamiento compulsivo mengua y es remplazado por una quietud alerta.

Eres plenamente consciente, y sin embargo la mente no pone ninguna etiqueta a este momento. Este estado de no-resistencia interna te abre a la conciencia incondicionada, que es infinitamente mayor que la mente humana.

Entonces esta vasta inteligencia puede expresarse a través de ti y ayudarte, tanto desde dentro como desde fuera. Por eso, cuando abandonas la resistencia interna, a menudo descubres que las circunstancias cambian para mejor.

¿Estoy diciendo: «Disfruta este momento, sé feliz»? No. Permite que se exprese este momento tal como es. Eso es suficiente.

Rendirse es rendirse a este momento, no a una historia a través de la cual interpretas este momento y después tratas de resignarte a él.

Por ejemplo, puede que estés tullido y que ya no puedas caminar. Tu estado es lo que es.

Tal vez tu mente esté creando una historia que diga: «A esto se ha reducido mi vida. He acabado en una silla de ruedas. La vida me ha tratado con dureza, injustamente. No me merezco esto».

¿Puedes aceptar que este momento es como es y no confundirlo con la historia que la mente ha creado a su alrededor?

La rendición llega cuando dejas de preguntar: «¿Por qué me está pasando esto a mí?». Incluso en las situaciones aparentemente más inaceptables y dolorosas se esconde un bien mayor, y cada desastre lleva en su seno la semilla de la gracia.

A lo largo de la historia, siempre ha habido mujeres y hombres que, cuando tuvieron que hacer frente a grandes pérdidas, enfermedades, prisión o muerte inminente, aceptaron lo aparentemente inaceptable, y así hallaron «la paz que supera toda comprensión».

La aceptación de lo inaceptable es la mayor fuente de gracia en este mundo. Hay situaciones en las que todas las respuestas y explicaciones fracasan. La vida deja de tener sentido. O alguien que está pasando un apuro viene a pedirte ayuda, y tú no sabes qué decir ni qué hacer. 

Cuando aceptas plenamente que no sabes, renuncias a esforzarte por encontrar respuestas con la mente pensante y limitada, y es entonces cuando una inteligencia mayor puede operar a través de ti. En ese instante, hasta el pensamiento puede beneficiarse, porque la inteligencia mayor puede fluir a él e inspirarlo.

A veces, rendición significa renunciar a tratar de comprender y sentirse cómodo en el desconocimiento.

Cuando te rindes, tu sentido del yo pasa de estar identificado con una reacción o juicio mental a ser el espacio que rodea a la reacción o al juicio. Es pasar de identificarte con la forma —el pensamiento o emoción— a ser y reconocerte como aquello que no tiene forma, la conciencia espaciosa.

Lo que aceptes completamente te hará sentirte en paz, incluyendo la aceptación de que no puedes aceptar, de que te estás resistiendo. Deja la Vida en paz. Déjala ser.