miércoles, 10 de diciembre de 2014

La persona ante el sufrimiento


LA PERSONA ANTE EL SUFRIMIENTO 

Entre la vulnerabilidad y la plenitud
(Publicado en: E. BENITO – J. BARBERO – M. DONES [eds.], Espiritualidad en clínica.
Una propuesta de evaluación y acompañamiento espiritual en cuidados paliativos, SECPAL [Sociedad Española de Cuidados Paliativos], Madrid 2014, pp. 29-37). (En breve, el libro completo aparecerá en la web: www.secpal.com)


“Cuando la realidad y nuestro pensamiento no coinciden, culpamos a la realidad de equivocarse. «Esto está mal», decimos, y sufrimos por ello. Pero cuando la realidad y nuestro pensamiento no coinciden, solo nuestro pensamiento puede equivocarse. La realidad no tiene la facultad de equivocarse. La realidad es lo que es.Simplemente” (Víctor Creixell). 

“Donde está el peligro también crece la salvación” (Friedrich Hölderlin).

“Cuanto más profundo cave el dolor en vuestro corazón, más alegría podréis contener. 
¿No es la copa que guarda vuestro vino la misma copa que se fundió en el horno del alfarero?” 
(Kahlil Gibran).

“¿Quién soy yo?”. En rigor, esa es la única pregunta. La respuesta adecuada a la misma nos libera de la ignorancia, de la confusión y del sufrimiento. Nos hace libres. Es la entrada a la Plenitud.


Al hablar del dolor, y al hacerlo especialmente desde la perspectiva de los cuidadores, me parece oportuno empezar con dos afirmaciones básicas, que sirvan de marco a toda esta aportación:
  • El ser humano es una realidad radicalmente paradójica.
  • Ante el dolor, necesitamos “descalzarnos”, para acercarnos a la persona que lo padece con un exquisito respeto y compasión.
Esta doble afirmación señala también el camino a seguir en este escrito. Tras incidir en el carácter paradójico del ser humano, nos acercaremos a la realidad del dolor, desde estas cuatro perspectivas:
  • Actitudes que nos permiten vivirlo de un modo constructivo.
  • Atención cuidadosa para no convertir el dolor en sufrimiento.
  • El dolor, como oportunidad de crecimiento y transformación.
  • El acompañamiento a la persona que sufre.
El carácter paradójico del ser humano
“El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza; pero una caña que piensa”. Así expresaba Pascal la naturaleza paradójica de la persona: lo más frágil pero, al mismo tiempo, lo más elevado.

Desde el inicio de su existencia, el ser humano es pura necesidad, tanto fisiológica como emocional o afectiva. Ninguno como el bebé humano necesita de un cuidado prolongado para poder sobrevivir; ningún otro como él necesita satisfacer su necesidad de sentirse reconocido para poder crecer sobre una plataforma psicológica de confianza y de seguridad.

Nos hallamos, pues, ante un ser profundamente vulnerable, física y psicológicamente. Desde la mirada habitual, que la considera como un “yo psicológico” –una estructura psicosomática-, la persona no parece ser sino un haz de necesidades (deseos) y miedos, sometida a los impulsos de unas y otros.

En consecuencia, su funcionamiento automático se halla regido por la ley del apego y de la aversión: para atrapar lo que desea y rechazar lo que le desagrada. Sin embargo, ese mismo funcionamiento lo introduce en una noria inestable que no puede conducir sino a la insatisfacción permanente.

Porque ese es el drama del yo: haga lo que haga, en su nivel, todo acabará en frustración. Porque, como escribiera George Bernard Shaw, “hay dos catástrofes en la existencia: la primera, cuando nuestros deseos no son satisfechos; la segunda, cuando lo son”.

Oscilando entre la satisfacción y la insatisfacción, el yo se ve irremisiblemente abocado a la frustración. No es extraño, ya que las noticias que posee no son demasiado buenas: sabe que, a medida que pasan los años, va a ir perdiendo cada vez más cosas (fuerza, salud, afectos…); que, si todo “va bien”, llegará a viejo, y que, en cualquier caso, finalmente morirá. No es un futuro nada halagüeño para el yo.

La vulnerabilidad del ser humano se pone de manifiesto, justamente, en esa doble experiencia del dolor y de la muerte. Cuando la sensibilidad sufre y la mente se queda sin respuestas; cuando se desvanece la ilusión (propia del narcisismo infantil) de controlar su propia existencia; cuando lo que asoma es la incapacidad o la impotencia; cuando se constata que necesitamos depender de los demás incluso para las tareas más simples; cuando se mira la muerte como el final irremediable y frío… Cuando todo eso nos afecta, empezamos a palpar nuestra vulnerabilidad de un modo que nunca hubiéramos imaginado.

Sin embargo –y esta es la paradoja-, conocemos no pocas personas que, aun en medio de la vulnerabilidad, han vivido el atisbo de otro horizonte.

Más aún: a la vez que nos sentimos sumamente vulnerables, no podemos negar algo que se nos impone desde dentro, apenas somos capaces de acallar la mente: la consciencia de ser, sin límites ni condicionantes, que nos hace percibirnos como “sujeto” que va infinitamente más allá de lo que habitualmente consideramos como el “sujeto individual” que nuestra mente piensa.

En efecto, al silenciar la mente –objetivadora y separadora-, lo que aparece es quietud con sabor a plenitud, pura presencia en la que constatamos que entre el Ser y nosotros no existe ninguna distancia ni separación.

Tras el silencio de la mente, emerge y se hace manifiesta la Presencia que somos y en la que reconocemos nuestra verdadera identidad. Pasamos así de una identidad pensada –él yo individual, que únicamente existe cuando lo pensamos y que, por eso mismo, reducimos a “objeto”- a lo que realmente somos, previo incluso a cualquier pensamiento.

Ahí queda expresada la paradoja que nos constituye: carencia y plenitud. En el nivel del yo, nos percibimos como seres carenciados y vulnerables; en el nivel de nuestra identidad profunda, sin embargo, no carecemos de nada: lo que realmente somos, se halla siempre a salvo.

Ambos niveles constituyen las “dos caras” de la realidad única, pero no son simétricos. Una cosa es “lo que es” y otra “lo que se manifiesta”.

La identificación con el yo constituye la fuente de la ignorancia y el sufrimiento. La liberación implica el reconocimiento de nuestra verdadera identidad, en cuanto consciencia ilimitada. En este paso, la paradoja queda integrada y resuelta en una comprensión mayor: somos la plenitud que se expresa en formas sumamente limitadas.

¿Cómo afrontar, desde esta perspectiva, el dolor y la muerte?

Para vivir el dolor de una manera constructiva
En otro lugar, he analizado seis actitudes constructivas a la hora de afrontar el dolor: acogerse a sí mismo, frente al rechazo de sí y la autoculpabilización; aceptar lo que nos hace sufrir sin reducirnos, frente a la negación del problema y al hundimiento; dialogar con el niño o la niña interior, frente a la lejanía de sí; desdramatizar, frente a la tendencia a la dramatización; traducir el malestar en dolor, frente a la huida y el funcionamiento imaginario; y des-identificarse por medio de la observación, frente a la autoafirmación del yo1.

En cierto modo, todas las actitudes constructivas pueden resumirse en dos, que habría que vivir simultáneamente: la no- evitación y la no-identificación.

El hecho mismo de que se formulen en negativo sugiere algo que me parece fundamental. No nos acercamos al dolor desde un talante de lucha ni de dominio, sino desde otro que nace de la sabiduría y se caracteriza por la comprensión. Es esta la que nos va a permitir no-evitarlo y no-identificarnos con él.

La no-evitación implica una aceptación profunda de lo que ocurre. No como claudicación, resignación, pasividad o indolencia, sino como consecuencia de una sabiduría que permite ver más en profundidad.

Sin aceptación no cabe la reconciliación con lo que es. En su lugar, lo que se da es resistencia, que no hace sino prolongar e incrementar aquello que (inútilmente) intentamos resistir.

“Lo que se resiste, persiste”, dice la sabiduría popular. No solo eso: es la misma resistencia la que genera sufrimiento. Al resistirnos a lo que es, dejamos de estar alineados con el momento presente, y eso, inexorablemente, hace sufrir.

Pero, simultáneamente, con la no-evitación, se requiere vivir la no-identificación. La identificación forzosamente nos reduce, haciéndonos creer que somos aquello que nos está ocurriendo. Cuando eso se da, perdemos toda nuestra capacidad de maniobra y no podremos ver la realidad sino desde la perspectiva estrecha de aquella situación (o aquellos sentimientos) a los que previamente nos hemos reducido.

Si la resistencia al dolor genera sufrimiento, la identificación con él nos anula. No solo porque nos quedamos inermes ante él, sino porque –más grave aún- terminamos confundidos acerca de nuestra propia identidad. Nos identificamos con el yo que sufre, y desconectamos de la consciencia que somos y que se encuentra siempre a salvo.

La no-identificación, por tanto, nace también –y radicalmente- de la comprensión: sabemos que todo lo que pueda ocurrir no será sino un “objeto” dentro de lo que somos. No nos ocurre, pues, a nosotros, sino dentro de nosotros.

Atención cuidadosa para no convertir el dolor en sufrimiento2

El dolor forma parte inexorable de todo el tejido. Antes de que la mente le adjudique alguna etiqueta, ya está ahí. Nos acompaña, más o menos intermitentemente, desde el nacimiento hasta la muerte, formando parte del lote de nuestra existencia y del mundo entero de las formas.

Es inevitable porque, dado el carácter polar de la realidad manifiesta, constituye la otra cara del placer o del bienestar y porque, en todo proceso de “hacerse” –es lo característico de la evolución-, para que algo surja, algo debe morir.

El hecho de que la tierra esté haciéndose –en evolución constante- exige que haya movimientos telúricos sorpresivos en forma de terremotos o tsunamis. Del mismo modo, el hecho de que el ser humano esté permanentemente “haciéndose” explica su vulnerabilidad, sus límites y sus pérdidas de todo tipo.

El dolor va a ser, pues, nuestro compañero de viaje, junto con la sombra de la muerte, por más que queramos mantenerlos ocultos. ¿Cómo afrontarlos?

La actitud sabia –y, por tanto, liberadora- va de la mano de la lucidez y de la humildad y adopta la forma de aceptación. Todo arranca de ella. Lo cual no significa que resulte fácil o que, antes de llegar a vivirla, la persona no haya tenido que pasar por la negación, la rebeldía, la frustración, la decepción o la depresión (en las inevitables etapas emocionales de un proceso de duelo). Pero, antes o después, no habrá salida posible sin rendirnos a lo que Es. Porque solo esa rendición nos alinea con lo que es, es decir, nos conecta con la verdad. Un dicho anónimo nos recuerda que “el secreto de la serenidad es cooperar incondicionalmente con lo inevitable”. Quizás habría que ir un poco más lejos y decir: el secreto de la serenidad –y de la sabiduría- consiste en rendirse a Lo que Es. “¿Sabéis cuál es mi secreto?, compartía Krishnamurti: No me importa lo que suceda”.

Evidentemente, como decía más arriba, ni la aceptación ni la rendición tienen nada que ver con la indiferencia, la resignación o la claudicación, sino únicamente con el reconocimiento de lo que en este momento hay. A partir de ello, tanto más cuanto mejor “situada” esté la persona, brotará la acción adecuada al momento, no tanto desde una decisión mental, sino desde la sabiduría de la vida y de su propio proceso de manifestación.

Decía también en el apartado anterior que la resistencia no hace sino prolongar el dolor y agravarlo –lo que nos duela, al luchar contra ello, será nuestra propia fuerza en contra-, transformándolo en sufrimiento.

La distinción entre dolor y sufrimiento me parece pedagógica. El primero remite a un hecho bruto, sin elaboraciones, sea físico o emocional: tanto si recibo un golpe en mi cuerpo como si me lanzan un insulto inesperado, es muy probable que aparezca dolor. Pero hasta ahí, es solo dolor. Lo que ocurra a partir de ese momento, ya lo pone mi mente: si no añade nada, quedará en lo que hay.

Pero la mente, en esos casos, tiene tendencia a hacer dos cosas, ambas generadoras de sufrimiento: poner resistencia, negando el dolor, o añadir alguna historia mental en torno a lo ocurrido. De ese modo, lo que solo era un hecho doloroso –que duele, pero no hace daño- se ha convertido en un sufrimiento tóxico, que puede terminar reduciendo y envenenando a la persona que lo ha generado.

Si tendemos a resistir o a añadir cualquier pensamiento al hecho doloroso, en último término, se debe a que nos hemos identificado con él, hasta el punto de pensar que, en lo sucedido, se ventila nuestra identidad. Por eso, el sufrimiento siempre nos está diciendo –si sabemos verlo- que nos hallamos confundidos con respecto a nuestra identidad, a la vez que nos muestra los apegos a que estamos aferrados.

El silogismo es tan simple como los que suelen usar espontáneamente los niños: si yo soy mi cuerpo, y mi cuerpo es afectado, yo estoy en peligro; si yo soy mi imagen, y mi imagen es dañada por una calumnia, sentiré que me desvanezco.

Es cierto que la psicología clásica –e incluso el llamado sentido común puede ayudarnos a relativizar esas apreciaciones, para no reducirnos a ellas. Pero será solo una consciencia clara de nuestra verdadera identidad la que nos mantendrá a salvo de aquel tipo de comportamientos reactivos. Desde la certeza de haber experimentado la verdadera identidad no-dual, sabré que lo que realmente soy está a salvo de lo que le ocurra a mi cuerpo o a mi imagen.

Por eso, desde el modelo no-dual, junto con la no-resistencia (o no-evitación), activamos aquella otra actitud simultánea e igualmente liberadora: la no-identificación. No soy el dolor recibido, no soy el cuerpo dañado, no soy la imagen afectada…, no soy ese yo dolorido.

Esta actitud, tanto más natural cuanto más nace de la verdad experimentada acerca de la propia identidad, nos libera de la trampa que lleva a convertir el dolor en sufrimiento.

En concreto, al querer vivirlo así, el dolor se transforma en alarma que nos llama a situarnos en nuestra verdadera identidad. Soy Consciencia o Presencia: desde ella –dentro de su espaciosidad-, noto el dolor o la pena, le permito que duela y me dejo sentir el dolor, sin perderlo nunca de vista. Observarlo en todo momento –no perderlo de vista- constituye el medio eficaz para no olvidar que el dolor es solo un objeto…, que no soy yo. Y si lo observo y le permito vivir permaneciendo yo mismo en conexión constante con la Consciencia que soy, sabré poner amor y cuidado, porque nuestra identidad profunda es también Amor.

Si bien el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional, y siempre está provocado por nuestra mente. Retira la resistencia y cualquier historia mental, y el sufrimiento desaparecerá. Pero mientras no lo hagas, lo estarás sosteniendo. Como dice Eckhart Tolle, “el sufrimiento es necesario hasta que te das cuenta de que es innecesario”3.

El dolor, como oportunidad de crecimiento y transformación
Seguramente, todos conocemos personas que, tras haber pasado por una experiencia dolorosa –enfermedad, crisis, desamor…-, afirman haber salido “crecidas” de la misma.

Pareciera que, antes o después, para que el crecimiento se opere, es necesario pasar por el “estado de crisálida”, pues solo él permite al gusano convertirse en mariposa4.

La experiencia nos dice que, mientras la vida nos resulta placentera, no nos “complicamos” la existencia; simplemente, vamos vegetando. Es el dolor o la crisis los que, haciendo temblar los cimientos que creíamos asentados, nos obligar a ir en busca de las verdaderas raíces que nos sostienen.

Y esas “raíces” no pueden ser otras que nuestra verdadera identidad. Por eso, desde esta perspectiva, el dolor puede ser una oportunidad, en dos niveles de intensidad, si podemos hablar así.

Por un lado, nos humaniza porque, al reconciliarnos con nuestra propia fragilidad y vulnerabilidad, nos ablanda interiormente, generando sentimientos de bondad y de compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás. Vamos despojándonos de nuestras máscaras y corazas, y dejamos ver nuestro corazón.

Pero, también, en un nivel quizás más profundo, transforma la percepción de nuestra identidad, es decir, se convierte en una oportunidad nada menos que para la transformación de nuestra consciencia. El dolor -la crisis- posibilita que seamos transformados paradójicamente en aquello que, aunque no lo sabíamos, siempre habíamos sido. El yo sufrirá la experiencia como una “muerte” –y lo es así para él, como para el gusano que “desaparece” en el proceso-, pero solo gracias a ella, podrá nacer y vivir nuestra verdadera Identidad –el reconocimiento y la vivencia de lo que realmente somos-. Caer en la cuenta de ello es despertar, saliendo de la ignorancia o del sopor en que nos encontrábamos. La crisis habrá hecho de “despertador”.

¿Cómo se produce ese paso? Por un lado, al aceptar el dolor, creo un espacio a su alrededor, que me permite observarlo en la distancia y, de ese modo, empiezo a percibir que no soy él: tengo una sensación dolorosa, pero no soy ella.

Por otro, al constatar el sufrimiento que nace del yo, empieza a abrirse en mí una luz que me hace ver que no soy tampoco ese “yo” inestable e impermanente, generador de sufrimientos inútiles que se vuelven contra él, zarandeándolo y desestabilizándolo.

Y, poco a poco, desde esa otra sabiduría más profunda, me voy haciendo consciente de que no soy nada de lo que percibo, pienso, siento o experimento: en nada de eso puedo encontrarme a mí mismo. No soy nada de lo que puedo observar. Soy la Consciencia ecuánime, en la que aparecen y desaparecen pensamientos, sentimientos, experiencias… Es innegable que todo esto tiene un cierto poder para afectarme, pero no ya de un modo absoluto. En cuanto soy capaz de asentarme en mi verdadera identidad, sintiendo mi Ser esencial, todo aquello que pueda ocurrirle a mi yo quedará muy relativizado.

El acompañamiento a la persona que sufre
Tal como lo venimos planteando –desde la perspectiva no-dual-, se trata de dejar que el dolor sea solo dolor. Forma parte del mundo de la manifestación. Y es entonces, al alinearnos con el presente, en conexión con la sabiduría profunda que todo lo rige, cuando se producen dos consecuencias reveladoras y, como todo lo que es profundo, paradójicas.

Por una parte, dejamos de ver el dolor como enemigo, aunque pongamos los medios para gestionarlo adecuadamente. Por otra, al permanecer anclados en nuestra verdadera identidad, nos percibimos como Amor y cuidado, y de ahí nace un movimiento espontáneo y gratuito de compasión que busca aliviar el dolor del mundo.

Esto podemos vivirlo todos cuando el dolor se hace presente en nuestra existencia. Acogemos el dolor, sin reducirnos a él, sino reconociendo nuestra verdadera identidad –Consciencia amorosa- para vivirnos anclados en ella, sabiendo amarnos especialmente cuanto nuestro psiquismo muestra su mayor vulnerabilidad.

Esa actitud tenderá a hacerse extensiva hacia los demás, particularmente a quienes se hallan también en situación de más dolor o necesidad.

Con todo, me parece importante, aunque sea brevemente, señalar algunas actitudes básicas en las personas que acompañan en procesos de dolor y de enfermedad.

En primer lugar, la persona que acompaña será tanto más eficaz en su tarea cuanto mejor situada esté. Si se trata de ser presencia para el enfermo –no hay amor sin atención-, parece decisivo que la persona cuidadora pueda crecer en su capacidad de vivir en presente.

En segundo lugar, el acompañamiento adecuado dependerá también de la fe en la vida y en su propio proceso. Eso significa confiar en una sabiduría mayor, a la vez que reconocemos los límites estrechos de nuestra mente a la hora de leer lo que ocurre.

La fe en la vida implica también la fe en la persona enferma o dolorida, desde una doble perspectiva: por un lado, fe en su propia fuerza, en la vida que la sostiene en todo momento; por otro, fe en lo que ella misma haya de vivir en ese proceso, y que probablemente a quienes lo vemos desde fuera se nos escapa.

En cuarto lugar, un acompañamiento de calidad se plasma en un sentimiento de cercanía amorosa, empática y compasiva. Será este tipo de presencia el que pueda facilitar y favorecer el proceso que la persona enferma haya de vivir. La vulnerabilidad hace crecer la necesidad humana de empatía y compasión: sentir que el otro es capaz de ponerse en mi lugar, de ver las cosas desde mi perspectiva, y de verme con amor, llena de vida y de color incluso los momentos más duros que la persona tenga que atravesar.

En quinto lugar, la persona que cuida tendrá que aprender a aceptar humildemente sus propios límites. No somos omnipotentes; a veces, ni siquiera podemos “controlar” lo que nos parece más simple. La aceptación de los límites nos pacifica con nosotros mismos, nos hace más flexibles, abiertos, receptivos y auténticos. Eludimos las graves trampas de la sobreexigencia, la culpabilización y la dureza. Y, paralelamente, atendemos nuestras propias necesidades, desde la importancia decisiva de “cuidar al cuidador”, precisamente también porque, al estar en contacto directo y más continuado con el dolor, atraviesa una situación más vulnerable.

Gran parte de lo dicho implica una actitud específica: la capacidad de ver “más allá” de las formas. Más allá del dolor, la persona; más allá del yo que creemos ser, la Consciencia que somos; más allá de nuestra necesidad de controlar, la confianza en la sabiduría de la vida…

Finalmente, en séptimo lugar, el acompañante o el cuidador está llamado a vivirse conscientemente como cauce o canal por el que fluye la Vida. En realidad, ese es el aprendizaje para todos: al descubrir nuestra verdadera identidad, reconocemos que en realidad no somos el yo que va queriendo “organizar” su vida; en contra del engaño ilusorio en el que nos mantiene nuestra mente, el yo no tiene ningún control; es la Vida la que se está viviendo en esta forma temporal, a través de ella.

Al reconocernos como cauces o canales de la Vida, aprendemos que quizás no se trata tanto de luchar contra el dolor –aunque pongamos todos los medios a nuestro alcance-, cuanto de amar a la persona concreta y dolorida, manteniendo nuestra fe en ella.

A veces ocurre que la lucha contra el dolor encubre otras causas menos adecuadas, basadas en mecanismos propios del ego, como puede ser el rechazo de lo que considera negativo, su propia incapacidad para aceptar lo doloroso o frustrante o su ambición por conseguir que las cosas sean a la medida que él desea.

En la perspectiva no-dual, abrazadora de todo lo real, lo que aparece es una compasión gratuita e incondicional, que no busca nada para sí, sino sencillamente poner amor donde hay dolor. Y las acciones brotarán, no desde la exigencia de la mente, por bienintencionada que pudiera estar, sino de otra sabiduría más profunda, frente a la cual, la persona se percibe y se deja vivir sencillamente como cauce o canal. No hay, por tanto, apropiación, porque tampoco hay proyecto propio. Hay, sencillamente, un dejarse vivir desde lo que somos en profundidad; hay, dicho todavía con más propiedad, un dejar que la Consciencia se viva en nosotros.

Empezaba este trabajo aludiendo a la naturaleza paradójica del ser humano, que le hace experimentarse, según el nivel en el que, consciente o inconscientemente, se coloque, como carencia o como plenitud, como un ser vulnerable o como un ser “completo”.

Únicamente la perspectiva no-dual nos permite, a la vez, comprender y “resolver” la paradoja: somos plenitud expresándose en una forma concreta radicalmente vulnerable. Con frecuencia, quedamos “atascados” en la vulnerabilidad, hasta reducirnos a ella, y tratando de que nos afecte lo menos posible. Vano intento, que nos mantiene en el engaño de la falsa identidad del yo. Sin embargo, si somos lúcidos, la propia vulnerabilidad –y el dolor en el que se manifiesta- pueden constituir una oportunidad para despertar a la plenitud que somos.

Una vez en conexión con nuestra verdadera identidad, podremos experimentar cómo la plenitud que somos abraza la vulnerabilidad que tenemos.

Enrique Martínez Lozano 


1 E. MARTÍNEZ LOZANO, Vivir lo que somos. Cuatro actitudes y un camino, Desclée
De Brouwer, Bilbao 42009, pp.79-122.
2 Resumo aquí lo que he tratado en Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad, Desclée De Brouwer, Bilbao, 2014, cap.8: “Afrontar el
dolor y la muerte desde la no-dualidad”. Ahí hago especial hincapié en mostrar la
diferencia radical que se produce como resultado de ver ambas realidades desde el
“modelo mental” o el “modelo no-dual”.
3 E. TOLLE, El silencio habla, Gaia, Madrid 2003, p.118.
4 E. MARTÍNEZ LOZANO, Crisis, crecimiento y despertar. Claves y recursos para crecer en consciencia, Desclée De Brouwer, Bilbao 32013.

martes, 2 de diciembre de 2014

CORAZÓN Y CEREBRO

XIN XIN MING ("Canto al corazón de la confianza")

La confianza en la naturaleza de las cosas permite vivir en armonía con la Vía  y gozar libre de preocupaciones. Las cosas son lo que son, no lo que a ti te gustaría que fueran. Luchando contra la realidad agotas tu energía en vano y perturbas la paz original de tu corazón. Por supuesto, tu capacidad de transformar la realidad según tus aspiraciones forma parte también de la Vía, pero tus aspiraciones deben estar en armonía con la Vía, con el tiempo y las circunstancias.  El agua fluye libre de preocupaciones gozando de fluidez.  Cuando las circunstancias la detienen, permanece quieta.  Cuando las circunstancias lo permiten, sigue fluyendo.  Pero siempre, sean cuales sean las circunstancias, confía en su propia naturaleza.  Cada ser posee la sabiduría innata, la gracia original. Cada ser cumple una función.   De la misma forma que los ríos terminan por desembocar siempre en el mar, todos los  seres  se encaminan consciente o inconscientemente hacia el océano del Pleno Despertar siguiendo su propia naturaleza”.


Xin Xin Ming (“Canto al corazón de la confianza”) es una de las obras más antiguas del Budismo Chan (Zen) chino. Es atribuida al Tercer Patriarca, Jianzhi Sengcan. o a su discípulo Daoxin. Vivieron entre los siglos VI-VII.





miércoles, 19 de noviembre de 2014

Para el dolor de espalda


Si necesitas una ayuda con la espalda, este es un buen sitio al que puedes acudir...
Te dejamos en buenas y expertas manos...



martes, 11 de noviembre de 2014

Alimenta tu alma de amor...


SOMOS SOLO AGUA

SOMOS SOLO AGUA, PERO NOS CREEMOS REMOLINOS

 Somos meros remolinos en el río de la vida.

En su largo recorrido corriente abajo, el río golpea muchas rocas, ramas o irregularidades de su lecho, ocasionando remolinos espontáneos aquí y allá. El agua que casualmente se adentra en uno de ellos no tarda en reintegrarse en el río para formar parte de otro y volver luego a seguir su camino.

Pero por más que, durante breves períodos de tiempo, el agua de un remolino parezca un evento separado y claramente diferenciado, no deja, en ningún momento, de ser el río mismo. La estabilidad que posee un remolino es provisional…

Pero nosotros preferimos pensar que el pequeño remolino que somos no forma parte de la corriente, preferimos considerarnos como algo permanente y estable e invertimos toda nuestra energía en tratar de proteger nuestra supuesta separación y, para ello, establecemos fronteras fijas y artificiales y, en consecuencia, acumulamos un exceso de equipaje que nos impide escapar del remolino en el que nos hemos estancado y volver nuevamente a fluir.

Así es como nos quedamos atrapados en un remolino en el que el agua cada vez está más sucia, mientras nuestra frenética reacción despoja de agua a los remolinos vecinos…

Charlotte Joko Beck

jueves, 6 de noviembre de 2014

SEGÚN COMO MIRES


Según como mires el cielo,
será despejado o nublado.

Según como mires el sol,
te parecerá que quema o acaricia con su cálido fulgor.

Según como mires la noche,
te parecerá negra o estrellada.

Según como mires el camino,
te parecerá llano o empinado.

Según como mires a los demás,
te sentirás cerca o lejos de ellos.

Según como mires el futuro,
será tu desánimo o entusiasmo.

Según como mires tu hogar,
lo verás pequeño, o cálido y confortable.

Según como trates a tus afectos,
recibirás de ellos todo su cariño.

Según como mires tu vida,
serás feliz.


Autora: Verónica R. Marengo

lunes, 27 de octubre de 2014

TODO PASA


EL CAMINO DE LA SABIDURÍA - Meditación y simplicidad

Enrique Martínez Lozano

A medida que crecemos –de hecho, si no me equivoco, es un signo de crecimiento espiritual-, vamos aprendiendo la sabiduría de la simplicidad. Todo es más simple de lo que pensábamos.

Descubrimos, por fin, que la mente tiende a complicar todo. Y lo hace, porque pretende que la realidad entre dentro de sus reducidos esquemas. Lo cual provoca una constricción reductora que solo genera confusión y sufrimiento.

Porque, cuando eso ocurre, en lugar de alinearnos con la Vida, permitiendo que fluya, intentamos controlarla, para que se ajuste a los patrones que nuestra mente ha hecho de las cosas, a sus etiquetas de lo que “debería” o “no debería” ser.

El resultado solo puede ser uno: en lugar de fluir con la Vida, conducidos por su Sabiduría, la bloqueamos. Porque, cuando la mente se absolutiza y se erige en criterio último de funcionamiento, en realidad se convierte en un “tapón” que impide el flujo.

En el reciente Foro de espiritualidad de Zaragoza, Marta Schröder utilizó una imagen que me parece acertadísima. Según ella, la mente es como una fábrica de churros, y opera de un modo similar al de cualquier otro órgano. Así como los pulmones funcionan día y noche, cuando somos conscientes de ello y cuando no, la mente también genera pensamientos sin cesar. Cuando el “gerente” de esa “fábrica de churros” se halla presente, la fábrica produce los churros que al gerente le interesan (esa es la “mente funcional”, a nuestro servicio); pero, cuando el gerente se ausenta, la fábrica sigue igualmente produciendo más churros, ahora de acuerdo con las máquinas con que cuenta. Tales “máquinas” son las creencias grabadas en nuestro cerebro desde el inicio de nuestra historia personal. Según como sean, la fábrica producirá churros de diverso tipo: de celos, de envidia, de ira, de resentimiento, de timidez, de miedo, de angustia… Es inevitable. Pero, aun con todo, el problema no radica en que la mente produzca churros por su cuenta y sin parar, sino en el hecho de que “nos los comemos todos”, es decir, nos creemos todos esos pensamientos y funcionamos de acuerdo con ellos. Esta es la “mente pensante”, convertida en dueña de nuestra existencia. De ese modo, el mejor de los siervos se ha transformado en el peor de los amos.

A todo ello hay que añadir una dramática ironía: la mente ansía controlar todo; la realidad, sin embargo, es que eso es solo una ficción que ella misma alimenta. La mente no controla absolutamente nada; si realmente controlara, tal como ella se imagina, ¿no haría tiempo que habríamos modificado muchas cosas? En resumen: vive en un engaño constante y nocivo.

Paralelamente, al ego le encanta el drama. Es lógico: el ego no es otra cosa que la “personalización” de la mente. La mente absolutizada (la llamada “mente pensante”) crea la ficción del ego.

Al ego le encanta el drama, porque vive gracias ello. Mientras alimenta cualquier tipo de cavilación, el ego adquiere y alimenta una cierta sensación de existir, en la que se enroca, y a la que no está dispuesto a renunciar. Al contrario, dispone de una batería enorme de mecanismos para crear, sostener, alimentar y prolongar indefinidamente el drama…, sin ser consciente de que él es su único autor, y que eso solo genera sufrimiento inútil y estéril.

Cavilación, dramatización, justificación, culpabilización, victimismo, comparación, juicio, condena, descalificación, enfrentamiento, afán de superioridad, necesidad de tener razón… Todos ellos, mecanismos que hacen que el ego se sienta existente y poderoso; la trampa mortal que nos acecha constantemente.

En esa dinámica, puede llegar a extremos tan absurdos como pensar que “tener razón” es más importante que “ser feliz”; o que “agradar a los demás” es mejor que “ser fiel a sí mismo”.

La atracción del ego por el drama explica, entre otras cosas, el éxito de los programas llamados “del corazón”, los “reality shows” y cosas similares. Todos ellos ponen en evidencia los egos de quienes los realizan… y de quienes los ven.

¿Es posible salir de ese engaño? Con frecuencia, parece que la salida de todo ello requiere experimentar el sufrimiento, que suele venir de la mano del desengaño.

En ese caso, bienvenido des-engaño, que nos saca de la mentira en que estábamos instalados. Si estamos un poco atentos, podrá constituir una hermosa oportunidad para salir de aquella ilusión y, si hay suerte, rendirnos a la sabiduría de lo que es.

A partir de ahí, se nos va regalando descubrir que existe una Sabiduría que es más que el pensamiento, el razonamiento, los conceptos, las ideas y las creencias… Empieza a emerger en nosotros la sabiduría del no-pensamiento, como lugar de luz y de descanso, de gozo y de paz, de unidad y compasión.

Un lugar al que, ciertamente, no podemos llegar pensando, sino justamente al trascender el pensamiento. Ese lugar es sabiduría y descanso porque constituye nada menos que nuestra verdadera identidad. Ese “lugar” es un estado de consciencia, en el que, finalmente, reconocemos nuestro verdadero rostro: es nuestro hogar, en el que nos hallamos no-separados de nada.

No lo podemos pensar ni controlar; únicamente podemos saborearlo. Y es ese mismo saboreo el que florece en sabiduría: la sabiduría de reconocer nuestra verdadera identidad y de vivir en conexión con ella. Dejamos de seguir las pautas y exigencias del ego –egocentradas y descalificadoras, etiquetadoras y dualistas-, para consentir a lo que es, desde la más dulce desapropiación.

Y, ¿qué tiene que ver con todo ello la práctica de la meditación? Me parece que puede apreciarse desde una doble perspectiva.

Por un parte, la práctica de la meditación, al ejercitarnos en acallar la mente, nos hace más libres frente a sus demandas; favorece que dejemos de identificarnos con el ego (o yo) que la propia mente había creado; y posibilita que experimentemos nuestra verdadera identidad y vivamos en conexión con ella.

Por otra, la propia práctica de la meditación se irá haciendo cada vez más sencilla, más simple, más descansada y sabia. Poco a poco, iremos percibiendo lo que siempre han enseñado los maestros espirituales: meditar es estar, permanecer, descansar en el no-pensamiento, vivir en lo que es, contemplar sin objeto…

¿Dónde estamos, permanecemos, descansamos, vivimos…? En la Atención desnuda, es decir, en la Consciencia que somos, que se muestra como Sabiduría y Compasión.

Cuando sabemos “estar” ahí, todo lo demás –como dijera el sabio maestro Jesús- “se nos dará por añadidura”. Porque eso que somos es Plenitud y se halla siempre a salvo. Seguirán ocurriendo sucesos de todo tipo y color, se turnarán las “nubes” con los “claros”, y los días felices con los tormentosos…, pero nada de eso afecta negativamente a quienes realmente somos. Podemos estar siempre “en casa”, en ese “hogar” que constituye nuestra verdadera identidad, y donde no estamos separados de nada.

Ahí, ya no es la mente la dueña de casa, sino una servidora eficaz al servicio de la Sabiduría. Ahí, tampoco es el ego quien dicta sus leyes ni guía el comportamiento. Ha emergido una identidad desapropiada y unificadora, la Consciencia que todos somos, que nos hace percibirnos como células de un único organismo, el único “Yo Soy” en el que se han reconocido Jesús y todos los sabios que nos han precedido.

Esta entrada fue publicada en Materiales el 22-diciembre-2013 por Enrique Martínez Lozano.

martes, 7 de octubre de 2014

¿El último Dalai Lama?

             Su Santidad el Dalai Lama ha sugerido que podría renunciar a renacer como tal y, por lo tanto, a sucederse a sí mismo en su próxima reencarnación. Ya no habría más Dalai Lamas, y quedaría derogada una institución que ha regido al budismo tibetano desde hace 450 años. Es como si el papa no solo dimitiera, sino que además derogara el papado. ¿Sería grave para los católicos quedarse sin papa ni papado? ¿Sería grave para los budistas tibetanos quedarse sin Dalai Lama? No, no sería grave. Y algún día será.
Permítaseme un breve rodeo para recordar la creencia budista del renacimiento, por conocida que sea: cuando morimos volvemos a nacer en un cuerpo distinto, pero siempre sufriente, y así una y otra vez, hasta que lleguemos a disolver todo apego a nuestro ego. Renacer es sufrir. Despertar o ser Buda y disolverse en el Puro Ser o en el Nirvana o en la plenitud del Vacío es la máxima aspiración de un budista. Bien, pero en la corriente mayoritaria del budismo (mahayana), y también en el budismo tibetano, hay seres humanos que, habiendo llegado a ser Buda y pudiendo por tanto liberarse del renacimiento, optan por renacer en un cuerpo sufriente, y ello por pura compasión, para seguir ayudando a liberarse a todos los seres vivientes, sufrientes. Y así cada vez que mueren hasta que todos los seres dejen de sufrir, o dejen de renacer y lleguen a SER. A tales Budas que renacen por compasión se les llama bodhisattvas.
Pues bien, el Dalai Lama, nombre que significa “océano de la sabiduría”, es uno de ellos. El actual sería la decimocuarta reencarnación del Gran Lama tibetano Gedun Drup muerto en 1474, venerado a su vez como encarnación de Chenrezig, el buda divinizado de la compasión, el gran Bodhisattva. Cuando muera, sus mejores discípulos, a través de visiones y de complejas verificaciones, deberían identificar al niño en el que se ha reencarnado, y designarlo como nuevo Dalai Lama.
¿Pero qué pasa si el Dalai Lama decide en vida que no va a reencarnarse con ese papel? ¿Significaría que prefiere instalarse para siempre en su feliz condición de buda celeste, renunciando a la compasión? De ningún modo. Sería más bien una prueba más de su sabiduría espiritual, que sabe distinguir en su tradición budista lo que es esencial – eldesapego radical del ego y la compasión universal para con todos los seres– de lo que son creencias o prácticas de gobierno trasnochadas, propias de culturas del pasado. Y, por cierto, sería una buena lección para el Vaticano y su arcaico papado medieval, con su poder absoluto e infalible, vuelto ya insostenible, y más con el evangelio en la mano.
Sería también un acto de resistencia no violenta frente al régimen chino ocupante del Tíbet. Ya en el año 2011 el Dalai Lama renunció a su poder político y asignó al pueblo tibetano la responsabilidad de su destino, cosa que molestó sobremanera a China; ahora parece que se dispone a devolver a la comunidad budista el poder religioso, para que sea ella quien elija a sus representantes espirituales, y también esto disgustará a China, que aspira a controlar igualmente el poder religioso del Tíbet.
Si el Dalai Lama derogara esa vieja institución, los budistas ganarían. En cuanto a los que no somos budistas, no nos importa que se “reencarne” o no, o en qué cuerpo lo haga. Nos importa lo que nos enseña hoy: el camino de la transformación de la mente, el camino de la paz, el camino de la liberación profunda; nos enseña que podemos ser personas mejores y más felices, y que para ello debemos pensar de otra manera y desarrollar un nuevo mundo interior; nos enseña que la fuerza y la violencia no son el camino de la auténtica victoria, que solo el diálogo y la tolerancia, el cuidado, la responsabilidad y el perdón nos permitirán ser felices, salvar la humanidad, salvar el planeta; nos enseña que la religión verdadera es aquella que nos lleva a ser mejores, pero que, para ser mejores, no necesitamos ninguna religión, sino fe en la bondad. Y lo que enseña lo vive y lo encarna hoy, y hoy es siempre. ¡Gracias, Santidad!
¡Ojalá nazcan muchos que vivan y enseñen como él, sean o no reencarnación suya y se llamen o no como él! Al fin y al cabo, ¿acaso no somos Uno todos los seres?

Joxe Arregi

ACEPTACIÓN - Eckhart Tolle



El «sí a lo que es» revela una dimensión de profundidad en ti que no depende ni de las condiciones externas ni de la condición interna de los pensamientos y emociones en constante fluctuación.

La rendición se vuelve mucho más fácil cuando te das cuenta de la naturaleza efímera de todas las experiencias, y de que el mundo no puede darte nada de valor duradero. 

Entonces sigues conociendo gente, sigues teniendo experiencias y participando en actividades, pero sin los deseos y miedos del ego. Es decir, ya no exiges que una situación, persona, lugar o suceso te satisfaga o te haga feliz. Dejas ser a su naturaleza pasajera e imperfecta.

Y el milagro es que, cuando dejas de exigirle lo imposible, cada situación, persona, lugar o suceso se vuelve no solo satisfactorio, sino también más armonioso, más pacífico.

Cuando aceptas este momento completamente, cuando ya no discutes con lo que es, el pensamiento compulsivo mengua y es remplazado por una quietud alerta.

Eres plenamente consciente, y sin embargo la mente no pone ninguna etiqueta a este momento. Este estado de no-resistencia interna te abre a la conciencia incondicionada, que es infinitamente mayor que la mente humana.

Entonces esta vasta inteligencia puede expresarse a través de ti y ayudarte, tanto desde dentro como desde fuera. Por eso, cuando abandonas la resistencia interna, a menudo descubres que las circunstancias cambian para mejor.

¿Estoy diciendo: «Disfruta este momento, sé feliz»? No. Permite que se exprese este momento tal como es. Eso es suficiente.

Rendirse es rendirse a este momento, no a una historia a través de la cual interpretas este momento y después tratas de resignarte a él.

Por ejemplo, puede que estés tullido y que ya no puedas caminar. Tu estado es lo que es.

Tal vez tu mente esté creando una historia que diga: «A esto se ha reducido mi vida. He acabado en una silla de ruedas. La vida me ha tratado con dureza, injustamente. No me merezco esto».

¿Puedes aceptar que este momento es como es y no confundirlo con la historia que la mente ha creado a su alrededor?

La rendición llega cuando dejas de preguntar: «¿Por qué me está pasando esto a mí?». Incluso en las situaciones aparentemente más inaceptables y dolorosas se esconde un bien mayor, y cada desastre lleva en su seno la semilla de la gracia.

A lo largo de la historia, siempre ha habido mujeres y hombres que, cuando tuvieron que hacer frente a grandes pérdidas, enfermedades, prisión o muerte inminente, aceptaron lo aparentemente inaceptable, y así hallaron «la paz que supera toda comprensión».

La aceptación de lo inaceptable es la mayor fuente de gracia en este mundo. Hay situaciones en las que todas las respuestas y explicaciones fracasan. La vida deja de tener sentido. O alguien que está pasando un apuro viene a pedirte ayuda, y tú no sabes qué decir ni qué hacer. 

Cuando aceptas plenamente que no sabes, renuncias a esforzarte por encontrar respuestas con la mente pensante y limitada, y es entonces cuando una inteligencia mayor puede operar a través de ti. En ese instante, hasta el pensamiento puede beneficiarse, porque la inteligencia mayor puede fluir a él e inspirarlo.

A veces, rendición significa renunciar a tratar de comprender y sentirse cómodo en el desconocimiento.

Cuando te rindes, tu sentido del yo pasa de estar identificado con una reacción o juicio mental a ser el espacio que rodea a la reacción o al juicio. Es pasar de identificarte con la forma —el pensamiento o emoción— a ser y reconocerte como aquello que no tiene forma, la conciencia espaciosa.

Lo que aceptes completamente te hará sentirte en paz, incluyendo la aceptación de que no puedes aceptar, de que te estás resistiendo. Deja la Vida en paz. Déjala ser.



lunes, 29 de septiembre de 2014

¿Qué es la meditación Vipassana?

Sri Satya Narayan Goenka

Vipassana es la ciencia del cuerpo y de la mente.

De cómo la mente influencia al cuerpo y como el cuerpo influencia en la mente y de todo lo que pasa en lo profundo de la mente en donde la mente consciente no llega.
Desarrollamos el hábito de reaccionar con avaricia ante las sensaciones placenteras y reaccionar con aversión, ante las sensaciones no placenteras.
Tenemos constantemente sensaciones agradables y desagradables alrededor de todo el cuerpo. La mente consciente no llega, mientras el inconsciente está constantemente reaccionando, convirtiéndonos en esclavos de los hábitos de reaccionar con apego y aversión.
Todas las restantes impurezas de la mente, todas las luchas de la mente, son solo producto de estás dos; apego y aversión.
Cuando se genera apego y aversión se pierde La Paz de la mente, la armonía de la mente, la belleza de la mente, convirtiéndonos en personas miserables. Sin saber que me hago a mí mismo infeliz, continúo haciéndolo.
Hay otras técnicas, que no criticamos, que trabajan en un nivel más superficial, calmando la mente, lo que es bueno, purificando la mente, lo que también es bueno, pero sólo en un nivel superficial o quizás ligeramente en lo profundo, mientras que la meditación Vipassana trabaja en el nivel esencial, profundo, donde la mente está en constante relación con las sensaciones.
El cuerpo y la mente están profundamente interconectados constantemente, siendo en lo profundo de la mente donde generamos continuamente el hábito de apego y aversión. Para romper ese hábito hay que ir a las profundidades de la mente.

La práctica de Vipassana.

La meditación Vipassana nos ayuda a crear una mente muy aguda. Durante los primeros tres días se trabaja continuamente Observando la respiración, tal como entra y tal como sale. La respiración natural, sin ejercicios de respiración, sin tratar de controlar la respiración, sola la respiración natural tal como entra y tal como sale. Manteniendo la atención en una pequeña área, debajo de la nariz y sobre el labio superior. Manteniendo la atención en lo que hay, sin imaginar cosas, sin verbalizar, sin visualizaciones, ni pretensiones, sólo la verdad de lo que estás experimentando, la respiración entrando y saliendo, entrando y saliendo.
Al trabajar continuamente sobre esta pequeña área durante tres días la mente se hace muy sutil, muy sensitiva y al final de los tres días comienzas a experimentar realidades sutiles. Además de la respiración hay muchas otras realidades. Empiezas a experimentar sensaciones en esta área, diferentes tipos de sensaciones que normalmente no sientes. La mente consciente sólo experimenta sensaciones sólidas, duras, intensas, gruesas, bastas… Hay desagradables sensaciones como dolor, presión, que son simples, y que la gente experimenta. Pero hay otras muchas sensaciones por todo el cuerpo y en todo momento. Tan sutiles, sólo como una oscilación, una suave oscilación. Ahora la mente está entrenada para sentir todo tipo de sensaciones. Comienzas a sentir sensaciones por todo el cuerpo, y comienzas a desarrollar la facultad de sentir todo tipo de sensaciones en el cuerpo.
Otro aspecto de Vipassana es que cambias tu hábito de comportamiento frente a las sensaciones. No reaccionando ante las sensaciones desagradables o agradables, sólo observas objetivamente lo que pasa, comprendiendo que no son eternas, que cuando una sensación surge no se queda para siempre. Muchas sensaciones desagradables que surgen, son bastas, aparecen, se quedan un momento pero finalmente pasan. Y cuando prestas atención a las sensaciones más sutiles, que son simples vibraciones, que surgen y desaparecen continuamente, tienen la misma característica, no hay diferencia.

Desarrollando sabiduría
Una vez que comprendes que todo lo que sucede en el marco del cuerpo está en constante cambio, que entiendes que toda la estructura física, que toda la estructura mental está constantemente cambiando ¿cuál es el sentido de actuar con apego o de reaccionar con aversión ante ello?
Al comprender esto por tu propia experiencia, pues no se trata de algo intelectual sino sólo de tu experiencia, entonces el hábito de comportamiento cambia desde lo profundo de la mente. Cambiar el hábito de comportamiento de la mente a un nivel superficial es fácil, hay muchas técnicas, la gente trabaja con ellas y dan resultados. Pero aun así las impurezas siguen acumulándose en lo profundo de la mente y de un momento a otro haces erupción, salen a la superficie y perturban la calma. Entonces la ecuanimidad de la mente se pierde.
Por eso el Buda señala que hay que ir a las profundidades de la mente y trabajar en las profundidades de la mente. Entonces el hábito de comportamiento cambia en el nivel más profundo. Si el nivel esencial de comportamiento es erradicado todo lo demás es erradicado. Si el nivel esencial de comportamiento es sanado todo el resto es sanado. Entonces hay que trabajar en el nivel esencial-profundo, qué es lo que hace esta hermosa técnica de Vipassana.
En el nivel profundo, la mente está en constante interacción con el cuerpo, con las sensaciones corporales. Si surgen sensaciones y no reaccionas tu mente comienza a hacerse más y más saludable, más y más bella, mejorando tu vida. Cuando la mente se purifica de la negatividad, del deseo, comienzas a generar calma, compasión, buena voluntad. En vez de generar emociones negativas generas emociones positivas. Lo que es bueno para ti, es bueno para los demás.
Cuando generas emociones negativas tú eres la primera víctima de ellas. Te vuelves miserable y haces a los demás miserables. Si en vez de esto generas emociones positivas comienzas a sentir paz y armonía, generas paz y armonía para los demás y haces a los demás felices. Tú eres feliz y el resto es feliz. Esta es la forma de vivir, una buena manera de vivir. En vez de hacerte miserable y hacer a los otros miserables, comienzas a ser feliz tú y los demás.

Si quieres ver el vídeo:  http://www.youtube.com/watch?v=Tg_pnGU9SQ8&sns=em

miércoles, 27 de agosto de 2014

Abrazos



EL VALOR DE LA TERNURA

Alex Rovira
Si algún elemento da belleza y sentido a la vida, ese es, sin duda, la ternura. La ternura es la expresión más serena, bella y firme del amor. Es el respeto, el reconocimiento y el cariño expresado en la caricia, en el detalle sutil, en el rega­lo inesperado, en la mirada cómplice o en el abrazo entre­gado y sincero. Gracias a la ternura, las relaciones afectivas crean las raíces del vínculo, del respeto, de la consideración y del verdadero amor. Sin ternura es difícil que prospere la relación de pareja. Pero además es gracias a la ternura que nuestros hijos reciben también un sostén emocional funda­mental para su desarrollo como futuras personas.

La doctora Elisabeth Kübler-Ross, que acompañó a mi­les de enfermos terminales en su camino hacia la muerte y dio testimonio de sus experiencias en una serie de libros, cuenta que los recuerdos que más nos acompañan en los úl­timos instantes de nuestra vida no tienen que ver con mo­mentos de triunfo o de éxito, sino con experiencias donde lo que acontece es un encuentro profundo con un ser amado, un momento de intimidad cargado de significado: palabras de gratitud, caricias, miradas, un adiós, un reencuentro, un gracias, un perdón, un te quiero. Son esos instantes los que al pa­recer quedan grabados en la memoria gracias a la luz de la ternura que revela la excelencia del ser humano a través del cuidado y el afecto.

Decía Oscar Wilde que en el arte como en el amor es la ternura lo que da la fuerza. Mahatma Gandhi apuntaba en la misma dirección cuando decía que un co­barde es incapaz de mostrar amor. Y así es: paradójicamente, la ternura no es blan­da, sino fuerte, firme y audaz, porque se muestra sin barreras, sin miedo. Es más, no sólo la ternura puede leerse como un acto de coraje, sino también de voluntad para mantener y reforzar el vínculo de una relación. La ternura hace fuerte el amor y enciende la chispa de la alegría en la adversidad. Gracias a ella, toda relación deviene más profunda y duradera porque su expresión no es más que un síntoma del deseo de que el otro esté bien.

La ternura implica, por tanto, confianza y seguridad en uno mismo. Sin ella no hay entrega. Y lo más paradójico es que su expresión no es ostentosa, ya que se manifiesta en pequeños detalles: la escucha atenta, el gesto amable, la de­mostración de interés por el otro, sin contrapartidas.

La ternura expresa, además, la calidad de una relación. Sexo con ternura es expresión del amor; sin ternura, una rela­ción basada en la sexualidad está condenada a la ruptura. Porque aunque pueda haber intensidad sensorial en el inter­cambio físico, sin ternura se produce una relación que se en­cierra en la búsqueda del propio placer y hace del otro un objeto de satisfacción y nada más. El ensayista francés Jo­seph Joubert decía que la ternura es el reposo de la pasión. En efecto, la pasión del enamoramiento es efímera y deja paso con el tiempo a una relación más reposada donde se instala la ternura. Sin ella, la relación de pareja está conde­nada al fracaso porque su ausencia genera aburrimiento, ru­tina, apatía, distancia y egoísmo.

Piero Ferrucci, en su libro El poder de la bondad, relata los resultados de un estudio en el que se interrogó a 10.000 hombres sobre su salud, hábitos y circunstancias. Según este estudio, el indicador más fiable de una angina de pecho era la respuesta a la pregunta: ¿le demuestra su esposa que le ama? Un sí por respuesta se relacionaba estadísticamen­te con el no haber sufrido una angina de pecho, mientras que quienes respondían no, habían tenido esta dolencia cardiaca en un porcentaje muy superior a la media.

La ternura encuentra también un espacio para desarrollar su extraordinario valor en los momentos difíciles. Expresar el afecto, saber escuchar, hacerse cargo de los problemas del otro, comprender, acariciar, cultivar el detalle, acompañar, es­tar física y anímicamente en el momento adecuado..., son actos de entrega cargados de significado. Y es que en el amor no hay nada pequeño. Esperar las grandes ocasiones para expresar la ternura nos lleva a perder las mejores opor­tunidades que nos brinda lo cotidiano para hacer saber al ser amado cuán importante es para nosotros su existencia, su presencia, su compañía.

Ya lo dijo hace más de 2.000 años el poeta latino Publio Virgilio Marón: “El amor todo lo vence”. Y es verdad, a través de la ternura. 

lunes, 18 de agosto de 2014

PARA EMPEZAR UN NUEVO CURSO: 2014-15


Think Different (Piensa diferente)
Por los locos. Los marginados. Los rebeldes. Los problemáticos. Los inadaptados. Los que ven las cosas de una manera distinta. A los que no les gustan las reglas. Y a los que no respetan el “status quo”. Puedes citarlos, discrepar de ellos, ensalzarlos o vilipendiarlos. Pero lo que no puedes hacer es ignorarlos… Porque ellos cambian las cosas, empujan hacia adelante la raza humana y, aunque algunos puedan considerarlos locos, nosotros vemos en ellos a genios. Porque las personas que están lo bastante locas como para creer que pueden cambiar el mundo, son las que lo logran. -Steve Jobs-


YOGATERAPIA 

- Camino de interioridad - PARA SENTIRTE BIEN -


Practica diferentes estilos de Yoga para obtener: Bienestar físico, Equilibrio emocional, Aumento de autoestima, Tranquilidad mental, Vitalidad, Salud, Relajación, Concentración, Armonía, ... Paz interior.

  • Aprendemos a escuchar nuestro cuerpo, 
    a entrar en contacto con  nuestras emociones tanto positivas como negativas.

  • Aprendemos a eliminar bloqueos mejorando nuestra salud y acumulando energía.

GRUPO DE MEDITACIÓN: (Se reúne el miércoles por la tarde)

"MEDITAR ES VIVIR CON PLENITUD EL MOMENTO PRESENTE"
  • El objetivo del grupo de meditación es ayudar a las personas interesadas a vivir el momento presente, aquí y ahora, con plenitud. Favorecer el despertar de la conciencia para que podamos vivir con lucidez y amor en acción.
  • La práctica de la meditación nos ayuda a conectar con nuestro mundo interior, desde donde podemos observar nuestros mecanismos mentales y acceder a un progresivo auto-descubrimiento, a una mayor presencia y serenidad en nuestra vida.

"CUANDO EL SILENCIO HABLA, LA VIDA SE TRANSFORMA"

jueves, 31 de julio de 2014

SER FELIZ

Llega un momento en la vida, en que debes alejarte del drama sin motivo y de la gente que lo provoca, de la energía negativa y la queja como modo de expresión, rodeándote de personas que te hacen reír tan fuerte que te olvidas de lo malo y te enfocas solo en lo bueno, que te traten bien porque te quieren y arreglan las cosas hablando. La vida es demasiado corta para ser otra cosa que no sea ser FELIZ. 
UNÁMONOS a personas que piensen en POSITIVO.

viernes, 18 de julio de 2014

¿Qué busco?


A SOLAS CON SUS PENSAMIENTOS

Las personas aborrecen quedar a solas con sus pensamientos, prefieren una descarga eléctrica


Javier Sampedro, en El País.com, 3 julio 2014


No pienses en nada, deja la mente en blanco. Se dice pronto, pero no resulta nada fácil. En cuanto se pone uno a la tarea, resulta que nada empieza a ser algo. Peor aún, algo inaprensible y efímero como un espectro, un itinerario absurdo sin memoria del origen ni aspiración a un destino, una patera a la deriva sin la menor esperanza, una pesadilla de oscuridad y vacío. ¿Te ha pasado alguna vez? A los voluntarios del experimento de Timothy Wilson, un psicólogo audaz de la Universidad de Virginia, sí les ha pasado, y no una vez sino 11: durante los 11 interminables experimentos a los que han sido sometidos, y que seguramente no olvidarán en lo que les quede de vida.

El concienzudo estudio de Virginia muestra por encima de toda duda razonable que los humanos odiamos quedarnos solos con nuestros pensamientos, aunque solo sea 10 minutos. Si te dejan solo sin el móvil ni la tableta, sin el libro ni la música, tu pensamiento no logra concentrarse en nada y se limita a vagar de una cosa a otra de la forma más torpe e inútil. La experiencia es tan desagradable que el 67% de los hombres y el 25% de las mujeres prefieren recibir una descarga eléctrica antes de acabar esa experiencia pavorosa, esos 10 minutos de eternidad. Increíble pero cierto, y publicado en Science.

Pocos artículos técnicos vienen encabezados por una cita poética, pero en este caso Wilson, de manera comprensible, no ha tenido más remedio que recurrir al Paraíso perdido de Milton: "La mente es su propia morada, y en sí misma puede hacer un cielo del infierno, un infierno del cielo". Y sobre todo lo segundo, cabría añadir tras este trabajo.

"Nuestra investigación", dicen Wilson y sus colegas de Virginia y Harvard, "muestra que la mayor parte de la gente prefiere estar haciendo algo –incluso dañarse a sí mismos— que no hacer nada o sentarse en soledad con sus pensamientos". Los 11 experimentos muestran de distintas formas que los participantes, antes de quedarse solos consigo mismos, prefieren escuchar música, navegar por la red o mandar mensajes con su smartphone. Incluso recibir una desagradable descarga eléctrica y largarse a su casa antes de que pasen los 10 minutos. Cabe preguntarse qué ha sido de la proverbial gandulería que se le supone a la especie humana.

Los 10 minutos son solo un promedio: los experimentos oscilaron de 6 a 15 minutos –esto último ya una tortura—, e incluyen a gente de los 18 a los 77 años de todo tipo de extracción social y nivel académico y cultural. "Aquellos de nosotros que anhelamos tener un poco de tiempo para no hacer nada más que pensar", dice Wilson, "seguramente encontramos estos resultados sorprendentes; para mí desde luego lo son; ni siquiera la gente mayor mostró la menor debilidad por quedarse sola pensando".

El primer autor del estudio no cree que ese horror al vacío sea una consecuencia del ritmo frenético de la sociedad actual o la seducción incesante de las novedades tecnológicas. Más bien piensa que esa interminable sucesión de innovaciones técnicas es una consecuencia de nuestra sed natural de actividad. Primero fue el horror al vacío, y después vino Whatsapp a paliarlo. Antes había libros y punto de cruz para la misma función.

Wilson y sus colegas intentan averiguar ahora a qué se debe esa pasión de la gente por hacer cualquier cosa en lugar de no hacer nada. "Todo el mundo disfruta de vez en cuando soñando despierto", dice el psicólogo, "o fantaseando sobre cualquier cosa, pero este tipo de pensamiento parece ser placentero solo cuando ocurre espontáneamente, no cuando se le pide explícitamente a la gente que lo haga". Pedir a alguien que deje la mente en blanco no parece ser una gran ayuda.


La mente es en verdad su propia morada, dijo Milton. Pero, como señaló otro poeta, en ninguna parte se está como fuera de casa.

miércoles, 2 de julio de 2014

Desconectar en vacaciones

MADRID, 26 Jun. (EUROPA PRESS) -
La llegada del verano es sinónimo de vacaciones y descanso para muchos ciudadanos pero no todos llevan bien este momento ya que, como ha reconocido el vicepresidente de la Asociación Española de Psiquiatría Privada (ASEPP), José Antonio López Rodríguez, a las personas de naturaleza activa o con trabajos estresantes les suele costar mucho “desconectar” de su actividad laboral.
Este experto defiende que las vacaciones han de adaptarse a la personalidad del individuo y, en estos casos, deben “mantener” su nivel de actividad pero “con algo que nada tenga que ver con su actividad laboral”.
“Bajo ningún concepto han de seguir aquellos consejos bienintencionados de sus familiares y amigos que les instan a no hacer absolutamente nada durante las vacaciones, pues lo más seguro es que dicha inactividad acabe generándoles un cuadro de ansiedad”, ha explicado.
De hecho, reconoce que si tras probar con diversas actividades la persona no es capaz de relajarse, es probable que estemos hablando ya de algún tipo de problema relacionado con el estrés y “sería conveniente que aprendiera a vivir de otra manera con ayuda psiquiátrica”.
Frente a estos casos, existe otro perfil de individuos “mucho más relajados y tranquilos a los que las vacaciones de hamaca y la vida contemplativa durante el periodo vacacional les vienen perfectas para desconectar y cargar pilas de cara a la vuelta al trabajo”.
“El objetivo de las vacaciones es darle un descanso a nuestro cuerpo y a nuestra mente, sobre todo a nuestra mente, de modo que lo recomendable es cambiar de ritmo y de actividad y permitirnos tiempo y espacio para hacer aquellas cosas que siempre queremos hacer y que no hacemos”, asegura el doctor.
Además, el vicepresidente de ASEPP distingue dos partes importantes en las que han de dividirse las vacaciones. “La primera de ellas hace referencia a los primeros días, en los que es necesario un descanso físico, un sueño reparador que nos predisponga a estar descansados y disfrutar de la segunda parte de nuestras vacaciones”, explica el doctor.
Esta segunda parte tiene un componente más lúdico. “Olvidemos el reloj, los horarios impuestos por la sociedad y los teléfonos, dejemos de lado las prisas y dediquémonos a hacer lo que nos gusta, lo que siempre queremos hacer y en el día a día no nos da tiempo y lo más importante, dediquémonos tiempo a nosotros”.
SIN NECESIDAD DE HACER LARGOS VIAJES PARA DISFRUTARLAS
En este sentido, López Rodríguez reconoce no es necesario realizar un largo viaje o utilizar los lugares “ideados por el imaginario popular”, a veces impuestos por ese imperativo social de “copar todas nuestras horas libres con multitud de actividades” en lugar de “servir al cuerpo y la mente de un espacio donde abunde todo lo contrario: calma, serenidad y tranquilidad”.
“La sociedad en que vivimos parece tener cierto miedo a practicar el sano ejercicio de no hacer nada”, ha reconocido este experto. Además, el vicepresidente de ASEPP cree que en ocasiones es necesario crear hábitos individuales para la estabilidad mental del individuo.
Es ahí donde entra el concepto de tener “nuestra propia habitación, nuestro tiempo, nuestro espacio, exclusivamente para nosotros, no es para nuestros hijos, ni para nuestra mujer, marido, ni para el jefe”, ha explicado.
“Es vital en nuestra vida tener nuestra propia habitación, el lugar en el que uno entra solo y tiene todas sus cosas íntimas. Las vacaciones son el momento ideal para desarrollar este espacio personal. Todo individuo, necesita un momento, un espacio, un lugar, que sea solo para él”, insiste.
Un espacio propio y una calma que genera un ambiente distendido, sin presiones de ningún tipo que, para este experto, “es el momento perfecto para reflexionar sobre nuestra vida, en lo que hacemos a diario, ¿Es lo que nos gusta? ¿Nos hace felices? ¿Queremos cambiar algo? ¿Podemos cambiar algo? Traer de las vacaciones un propósito y llevarlo a cabo nos hará sentir que realmente han sido unas vacaciones descansadas, aprovechadas y meditadas”, ha concluido.
Una parte fundamental de las vacaciones, según el doctor López Rodríguez, ha de estar dedicada a la reflexión. “En un ambiente distendido, sin presiones de ningún tipo, es el momento perfecto para reflexionar sobre nuestra vida, en lo que hacemos a diario, ¿Es lo que nos gusta? ¿Nos hace felices? ¿Queremos cambiar algo? ¿Podemos cambiar algo? Traer de las vacaciones un propósito y llevarlo a cabo nos hará sentir que realmente han sido unas vacaciones descansadas, aprovechadas y meditadas”.